Imagínatelo: después de una dura jornada laboral en la que, encima, no te han salido bien las cosas —esa presentación que no ha gustado al consejo de dirección de tu empresa, ese retraso en el informe por causas ajenas a ti que ha provocado otra bronca del muy imbécil de tu jefe, ese cliente que ha entrado en la tienda tratándote como a un trozo de estiércol— vas a tomar una cañita o dos con tus amigos, los que te entienden, esos que escuchan estoicos mientras despotricas de lo mal compañero que es Peláez, de lo trepa que es Menéndez y de lo envidiosa que es Anita, y, de pronto, aparece una persona que te echa en cara que «cómo puedes estar así después del día de mierda que has tenido», que «no mereces llevar esa tarjeta de entrada al parque empresarial» o que «nos hacéis sentir vergüenza a los que llevamos años siguiendo a López & Gutiérrez Asociados». Llegados a este punto, muchos ya estaréis pensando que la comparación es injusta, que los futbolistas se deben a sus aficionados, y que con la pasta que ganan no tienen motivos para contestar a los que les critican. Pero todo tiene sus matices, ¿no?

Vamos a ver, igual es que hay gente que se piensa que llegar a ser futbolista de élite es sencillo. Pues se equivocan. Es más difícil que encontrar a Wally en el Metropolitano. Y sí, sin la afición no habría fútbol ni futbolistas, pero a veces muchos sobrepasan la fina línea entre el hincha y el absoluto maleducado.

Después de la final de Copa del Rey, en la que el Barça sencillamente aplastó al Sevilla, un señor increpa a la plantilla en la estación de AVE. Dice que son unos sinvergüenzas, que ellos no entienden lo que es ser sevillista, algo que él sí entiende porque lleva acudiendo al Sánchez Pizjuán desde que tiene uso de razón, y tal. Igual este señor piensa que la plantilla no está dolida, o más aún, que se ha dejado meter cinco goles en una final. Eso tan manido de «¡hay que correr!», como si hubiesen jugado arrastrándose como zombis.

No, mire usted, lo que pasa es que delante había un tal Iniesta, otro que se llama Messi y tantos más que fueron mejores. Y, sobre todo, señor, cómo debió pasarlo usted con el descenso a Segunda a principios de siglo. Desde entonces, le recuerdo, su Sevilla ha ganado cinco Europa League, una Supercopa de Europa, dos Copas del Rey y una Supercopa de España. El Sevilla es ya un grande de Europa y es en parte gracias a varios de los componentes del equipo que salió goleado contra el Barça. Pero no hay memoria, solo hay reproches entre algunos aficionados, los de siempre, que tienen el «os habéis reído de la afición en nuestra cara» en la boca.

En el caso de N’Zonzi, uno de los fichajes más rentables de los últimos años en el Sevilla, profesional intachable que, como todos los jugadores pasa por rachas mejores y peores, el pecado fue salir a tomar algo con unos amigos y familiares después de la derrota. Bien, todos estamos de acuerdo en que quizás esa no era la mejor noche, pero de ahí a que tenga que pedir perdón públicamente por hacer lo que le plazca en sus horas de ocio… Pues no. Estaré equivocado, pero en España cada vez se respeta menos al futbolista, algo que no pasa en países como Inglaterra, donde la gente anima a los suyos en la victoria y en la derrota, y si hay que protestar, se hace con educación, incluso con sentido del humor. Me gustaría haber visto cómo habría sido la campaña «Wenger Out» en España.

Otra clásica es la de «jugadores mercenarios». ¡Como si no lo fuésemos todos! Ese constante tildar de traidor a un jugador por irse a otro club. «Mire usted, nací en África, me crié en Francia y he jugado en cinco ligas distintas, pues no, no siento especialmente los colores de su club, pero como soy un profesional pues lo voy a dar todo en el campo y ya está». Y punto. Gracias por venir. Menos dramas, por favor. Efectivamente, hay jugadores insignia, que se han criado y han crecido en un equipo y todos queremos que acaben la carrera luciendo el escudo que aman, obvio, pero no podemos esperar que todos los futbolistas sean así.

Hay un trasfondo claro de frustración y mala energía acumulada en los estadios de fútbol. Personas que no saben lo que es un fuera de juego pero a las que les encanta ir al campo a dejarse la garganta insultando y lanzando improperios, ya sea al árbitro, al rival, a sus jugadores, o al que vende pipas. Total, él se queda TAN desahogado. A todos nos jode que nuestro equipo baje a Segunda, pues claro. Es un drama deportivo, social y económico. Pero no es el fin del mundo. Vivan las aficiones que están con los suyos en el cielo y en el infierno.

Lo bueno es que, como en otros ámbitos, hay una mayoría silenciosa, pero ellos nunca salen en los informativos. Solo los de siempre, los que insultan y la lían, los que faltan al respeto y son violentos. Curioso que tengan que salir capitanes o entrenadores en ocasiones a hablar con ellos, a «dar la cara» ante veinte de esos tipos que te llaman de todo de lejos pero de cerca te piden un autógrafo en la camiseta.

En fin, al que no le haya gustado el artículo puede venir a echármelo en cara esta noche. Estaré en el bar.

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