Escribo esto para anunciarles que, pese a las noticias que leerán estos días, Andrés Iniesta Luján no se va. No puede hacerlo. Luego les contaré por qué, soy un portavoz autorizado.

Iniesta es el mejor jugador español de la historia junto a Xavi Hernández e Iker Casillas. Que me perdone Raúl, llegó algo pronto. No es casual que el máximo éxito de la Selección se haya dado cuando los tres primeros citados han coincidido en su esplendor en el equipo. Uno, Iker, era el ángel y el escudo, otro la letra y el estilo, Andrés la estrella en el pecho para siempre.

Andrés Iniesta es un personaje absolutamente literario, santo y a la vez doliente, lleno de claroscuros, que supo sacar en su peor momento la fuerza que le elevaría al cielo, y a nosotros con él.
Es manchego, es Don Quijote, un carácter blanco y aéreo, demasiado puro, demasiado antiguo, para estar en paz con este mundo y este tiempo. Iniesta no es normal, es un jugador imposible de ponderar, cuyo rendimiento neto es no mensurable. Es un futbolista que va sobre patines, que juega sobre el tapete como si recorriera unas cuerdas invisibles que solo él conoce. Cuando va, viene, cuando la tiene, la suelta, cuando aglutina bola y rivales en torno a él, como un agujero negro, se hace el tiempo y el espacio en el resto del campo. Atrae para soltar, es luminoso como su piel blanca porque su pena es negra, porque nunca podrá compensar con las alegrías que ha sentido y dado el ser arrancado de niño de su pueblo. No hay camino que devuelva a su madre a un niño que se marchó.

Iniesta siempre ha sido un jugador muy superior a sus números. El fulgor de su juego es inefable. ¿Cómo describirlo? ¿Cómo medirlo? ¿Cómo expresar ese misterio? Dividir y pasar. Arrancar y parar. Pegar la esfera al pie, levantar la cabeza, deslizarse. Escoger el camino curvado adecuado, como hacen los cuerpos celestes, cumplir órbitas escritas que parecen movimientos libres.

Iniesta, Iniesta de mi vida, está loco y su dolor es saberlo.

No es por ponerme medallas, pero el día que empezó el Mundial 2010, le dije a mi hermano que seríamos campeones con un gol de Iniesta. Cuando un mes después se paró el tiempo justo antes de su golpeo a gol, sentí la punzada del vacío y la caída en el pecho, el miedo antes de hacerse la verdad, un dolor previo a la felicidad que es imposible de explicar. Estoy seguro de que él sintió lo mismo. Y usted también.

¿Cómo lo supe? Porque, ya lo he dicho, Iniesta es literatura. Y servidor es escritor. O trato de serlo, perdón por la soberbia. En la novela que ahora recordamos, el personaje principal estaba hundido, había perdido a uno de sus mejores amigos (Dani Jarque, inmortal en camiseta imperio blanca rotulada a mano), sobrellevaba con tristeza no disimulada una temporada llena de dudas y lesiones, con una depresión no declarada.

¿Cómo no iba a ser él? ¿Qué otra cosa puede hacer Don Quijote sino representar y elevar a un país navajero y malquerido, haciendo reales los sueños de un niño que escapa y no escucha al miedo? Un niño que no hace caso al que le dice que no puede hacerlo. Soñar, vivir, amigo Sancho. Conquistar a Dulcinea.

Andrés Iniesta Luján no se va, no podrá hacerlo. Cambiará de idea a última hora, como cuando parece que va y en realidad viene, como cuando parece que la suelta y hace una croqueta, como cuando en el minuto 60 el entrenador quiere cambiarlo y él hace la jugada del partido. Y hará nuevas cosas, a cual más mágica: devolverá al Barça al partido de Roma, a jugarlo otra vez, porque un jugador como él no puede dejar así la Champions.

Acudirá con Amorebieta a San Mamés, único campo donde se le pitó, y el fornido central hablará seriamente con sus antiguos parroquianos, los pitos mutarán en aplausos injustamente postergados.

Lo último que hará será acudir con la Selección al Mundial de Rusia, donde pedirá compartir habitación con Isco para pasarle la antorcha. No sabemos dónde podrán llevar a la Selección, pero sí que desde allí, Andrés Iniesta, el genio transparente, el loco bueno, saldrá volando para jugar con otros molinos.

Pero no se irá. No puede. Puede morir Alonso Quijano, pero no el Quijote.

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