En 2012, el Giro de Italia inauguró su Salón de la Fama con el mejor ciclista que han visto los tiempos, Eddy Merckx, cinco veces ganador del Giro (1968, 70, 72, 73 y 74). Ahora le ha llegado el turno a Miguel Indurain. El navarro, que ganó las ediciones de 1992 y 1993, es el último miembro de un selecto club del que también forman parte otros campeones del Giro como Felice Gimondi (1967, 1969 y 1976), Francesco Moser (1984), Bernard Hinault (1980, 82 y 85) y Stephen Roche (1987).

«Es un gran honor formar parte de la familia del Giro de Italia. Veinticinco años después de mi última victoria, me siento muy agradecido porque los organizadores se hayan acordado de mí. Siempre he tenido un relación muy especial con Italia», declaró Indurain, uno de los cuatro campeonísimos que ha logrado el doblete Giro-Tour en más de una ocasión, junto a Fausto Coppi, Eddy Merckx y Bernard Hinault.

El acto de ingreso de Indurain en el Salón de la Fama se llevó a cabo el pasado jueves en el Teatro Gerolamo de Milán y allí repasó el que ha sido para el ciclista español su mejor momento en el Giro. Sorprendentemente (o no tanto), Indurain no eligió alguna de sus victorias en la carrera (cuatro etapas, además de sus dos triunfos en la general), sino que señaló como su mejor recuerdo la etapa Merano-Aprica (195 km) del Giro de 1994, ganado finalmente por el ruso Eugeni Berzin.

Aquella tarde es inolvidable para los amantes del ciclismo y también para su principal protagonista. En un formidable ataque en busca de la maglia rosa, Indurain puso la carrera patas arriba con la inestimable ayuda de Marco Pantani, el primero en abrir las hostilidades. «Después de escalar el Stelvio y el Mortirolo, alcancé a Marco Pantani camino de Aprica. Aunque luego tuve una crisis en Santa Cristina y finalmente no pude ganar el Giro, lo di todo por intentar ganarlo. Fue una etapa intensa y una sucesión de emociones únicas».

 

 

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