No recuerdo un derbi madrileño que le importase menos a cualquiera de los dos equipos pero, quizá por eso, tampoco recuerdo un derbi que haya visto con tanta sensación de estar presenciando un partido de fútbol. Algo que, independientemente del resultado, me resultaba imposible de sentir desde hacía mucho tiempo. Concretamente, desde que el fútbol se ha convertido en esa máquina desesperada de fabricar clicks.

El Real Madrid salió al campo llevando la iniciativa. Parecía más interesado que su rival en ganar el partido (y no sé por qué) pero esta vez no tenía ese botón de las ocasiones especiales con el que, en caso de problemas, el equipo se transporta al Nirvana. Ese botón que le hace ser un equipo tan temible. El Atlético de Madrid salió bien plantado al campo pero austero en eso de mostrar ambición, además de indolente con el balón. Correcto a la hora de mostrar su personalidad en el campo pero carente de ese fuego que chorrea de los ojos de sus jugadores cuando llegan las ocasiones especiales. El partido tenía ritmo e interés pero era obvio que no se trataba de una ocasión especial.

El Madrid era el que movía el balón. Lo hacía con brillo estético y criterio futbolístico pero al final casi todo acababa en balones colgados al área. Un arte en el que la defensa rojiblanca no se siente especialmente incómoda. Aun así, a base de insistir, llegaron algunas ocasiones. Pocas, pero que podían haber sido suficientes de no ser por el larguero o ese tipo con cara de despistado llamado Oblak y que ahora mismo es capaz de hablar de tú a tú con cualquier portero del mundo.

El Atleti se desperezó algo a partir de la media hora. No mucho, pero simplemente con acompañar algo el juego de Thomas y dejando que Griezmann se sacara el conejo de su chistera ya fue suficiente para dar algún susto. En la retina se quedará un derechazo de Costa para el que Navas sacó una mano prodigiosa.

El Atleti es un equipo distinto con Thomas en el campo. Uno bastante mejor, por cierto. Es seguramente el único mediocentro del Atleti que ahora mismo es capaz de recibir de espaldas y salvar la línea de presión con un giro, un amago o un pase. Buena noticia que contrasta con las flojas sensaciones que dejó Vitolo. El canario se muestra ansioso, errático y algo lento. Comprensible, dada su situación, pero preocupante. Se curará con partidos y continuidad pero no sé si va a poder tener mucho de eso de aquí a final de temporada.

La segunda parte no cambió mucho el panorama pero no es la primera vez que cuando el Madrid no sabe qué hacer le pasa la pelota a Marcelo. Suena a recurso fácil pero no lo es. Todo lo contrario. El brasileño es un jugador excelente y también determinante. Algo que, intoxicados quizá por el olor a chilena o cualquier otra orfebrería retórica de cartón piedra, a veces pasa desapercibido.

Paradójicamente, así es cómo empezaron los mejores minutos del equipo de Simeone. Despertados a la fuerza de esa hibernación voluntaria que habían decidido mantener hasta entonces, los rojiblancos recuperaron el balón y se pusieron a jugar. Y marcaron gol a través de Griezmann, que mantiene las buenas sensaciones de los últimos partidos y al que se le ve muy por encima de sus compañeros. El francés es un magnífico jugador que, lo quiera asumir o no, es ya parte indisoluble de la personalidad de este equipo. Una personalidad reinventada y en construcción, por cierto. Creo (o quiero creer) que lo asume. La llegada de Diego le ha hecho encontrar un nuevo filón en su desarrollo como futbolista y el rango de mejora es todavía impresionante.

El Real Madrid aceptó el gol en contra sin saber muy bien lo que había pasado y el Atleti decidió mantener el modo rodillo. Ese que lo hace un equipo dinámico, vertical y muy peligroso. Fue el tramo más divertido. Así llegó una segunda jugada casi letal en la que Keylor Navas volvió a salvar a su equipo atajando un fuerte tiro de Koke. Desgraciadamente, ahí se acabó el partido para los rojiblancos. Entre los cambios de Zidane (sobre todo la entrada de Isco que le hizo volver a recuperar el balón), los cambios de Simeone (Gameiro y Gabi no fueron capaces de suplir, ni de lejos, el trabajo de Costa o Thomas) y el preocupante estado físico de los rojiblancos, el partido volvió al guión inicial con el Madrid dominando el juego, colgando balones y el Atleti incapaz de salir de su área. Ahí volvió aparecer el bueno de Oblak para hacer dos o tres paradas de antología y desesperar a la grada.

El empate, lejos de no contentar a nadie, que sería lo suyo, parece contentar a los dos. Habrá que dejar las emociones, los debates encarnizados y las riñas de sables para mejor ocasión. O no, porque siempre hay alguno que no es capaz de concebir esto del fútbol más que desde la trinchera. No es mi caso.

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