Alejandro Valverde cumplirá 38 años dentro de un mes (25 de abril); a esa edad, Miguel Indurain ya llevaba seis años retirado. Habrá quien considere que la comparación no es oportuna (ciclistas distintos, épocas diferentes), pero el dato sirve para definir a dos tipos campeones: los que son vencidos por el tiempo, por buenos que hayan sido, y los que mejoran con la edad. El segundo caso es extraordinario porque lleva la contraria a la razón más elemental. En un deporte de absoluto desgaste físico es inaudito que ciertos corredores igualen o mejoren las prestaciones de quince años atrás.

Los ejemplos son varios, todos ilustres. Zoetemelk ganó el Mundial de fondo en carretera a los 38 y Vinokourov había soplado las mismas velas cuando se proclamó campeón olímpico en Londres. El francés Duclos-Lasalle batió un récord de longevidad al ganar dos ediciones consecutivas de la París-Roubaix, a los 37 y a los 38; el australiano Hayman asombró al mundo cuando se impuso en la carrera de los adoquines a los 37. Me centro en El Infierno del Norte por ser la Clásica más despiadada que existe, aunque sobre esto podríamos discutir en otro artículo.

Si hablamos en términos de edad, la última frontera del éxito de un ciclista se fija, tal y como podemos observar, en los 38 años. De forma consciente descarto del análisis el triunfo de Chris Horner a los 42 en la Vuelta a España de 2013; aquello tuvo que ser un engaño mayúsculo o un milagro todavía mayor. Antes de su tardía consagración, el americano había ganado una Vuelta al País Vasco y una Vuelta a California; después no volvió a levantar los brazos.

Pero prosigamos. En la mayoría de los casos, las victorias que llegan cerca de la cuarentena son hechos aislados que sirven para culminar carreras fabulosas, pero en lógico declive. Esto es, precisamente, lo que distingue a Alejandro Valverde del resto de los gloriosos veteranos. A punto de cumplir los 38, su trayectoria sigue en ascenso. Cumplido el primer trimestre de la temporada, el murciano ha ganado tres carreras por etapas (incluyan en ellas cinco victorias parciales): Vuelta a la Comunidad Valenciana, Tour de Abu Dhabi y Volta a Cataluña. Se trata de la continuación de un esplendoroso 2017, que arrancó con triunfos en Cataluña, País Vasco, Flecha Valona o Lieja y que sólo quedó interrumpido por su caída en el prólogo del Tour y la gravísima lesión que amenazó con retirarle (fractura de la rótula izquierda).

Puestos a buscar explicaciones al prodigio, hay quien piensa que Valverde ha podido alargar su carrera porque estuvo dos años sancionado por ser uno de los ciclistas implicados en la Operación Puerto. El refrán es conocido: carrera que el galgo no da, en el cuerpo se la lleva. La teoría es interesante, pero tiene poco sentido. Valverde perdió dos años con su castigo, no los ganó. Tampoco los pasó en un balneario, sino preparando un regreso que también le distingue: ningún ciclista ha retomado su nivel (o lo ha mejorado) después de cumplir una sanción por dopaje. Casi todos ven rebajado su rendimiento, y no es necesario mencionar ni razones ni nombres.

No debemos olvidar que Valverde, a diferencia de Purito (un campeón de lenta maduración), siempre ha sido una estrella. Entre los 11 y los 13 años ganó cincuenta carreras consecutivas que le hicieron ganarse el apodo de El imbatido. A los 23 se apuntó dos etapas en la Vuelta de su debut y terminó tercero en la general. Desde entonces, y mientras pudo competir, no paró acumular de éxitos.

Después de ganar su tercera Volta (tantas como Indurain), Valverde afronta nuevos retos. Si gana en Lieja igualará las cinco victorias de Eddy Merckx, padre todopoderoso. Si vuelve a vencer en la Flecha Valona conseguirá lo nunca visto: cinco victorias consecutivas y seis totales. De llegar al Tour, pisará el único terreno donde no ha estado a la altura de su talento por falta de convicción propia y de su equipo (3º en 2015, 4º en 2014, 5º en 2007…).

Pero el asombro no cesa. El ciclista más respetado del pelotón internacional (sus colegas son los primeros en descubrirse) acaba de batir en la Volta a dos ciclistas que representan el presente (Nairo) y el futuro (Bernal). Nadie en la historia del ciclismo había vencido tan repetidamente al peor enemigo que existe para corredores y viandantes en general: el paso del tiempo.

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