El pasado 9 de abril de 2017, Sergio García ganaba el Masters. Para muchos, la culminación de una carrera que empezó de forma meteórica y ha terminado dándole la razón tras años de pelea, sufrimiento y un golf de un nivel difícil de igualar; para otros, el famoso y perjudicial yaerahora, que injustamente ha perseguido a Sergio durante los últimos 18 años.

Fue una victoria diferente, por mucho que las huestes críticas del golf español insistan en humanizar. Además de las numerosas efemérides (40 aniversario de la muerte de Clifford Roberts, uno de los ideólogos, el vigésimo cumpleaños de la humillante paliza de Tiger Woods y, finalmente, la primera edición sin el Rey, sin Arnold Palmer), García afrontó una realidad diferente, de cara a la opinión pública, abriendo una puerta al resto de golfistas españoles, liberando una presión para nuestra representación en este deporte, que, a pesar de su individualidad, arrastra un componente de compañerismo y afición importantes. Volvamos a sus odds, a sus opciones y a lo que ha traído Sergio para este Masters.

Acostumbrados a la laureada tiranía de golfistas como Tiger Woods y Jack Nicklaus, con frecuencia minimizamos el valor de la victoria, exigiendo a cada deportista una comparación al mismo nivel de sus competidores, con perjuicio absoluto de sus trayectorias. Sergio García es el perfecto ejemplo de esta tendencia que olvida antes de haber empezado a disfrutar. Porque Sergio, uno de los deportistas más laureados de la historia de España, ha amenazado con pasar sin pena ni gloria por el Olimpo de nuestros dioses particulares. Una carrera brillante que, tras 18 años instalado en la ferviente competitividad del profesionalismo al máximo nivel, terminó de pulir su dorada figura el pasado 9 de abril de 2017. García ganó, entonces, su primer major. Nada menos que el Masters de Augusta. Algo que todo el mundo celebró, incluso su compañero ejecutado en el playoff de aquella maravillosa tarde de domingo.

García jugó el torneo ideal. Cuatro rondas por debajo del par, 72 hoyos solventes y, sobre todo, una exhibición en los últimos 9 hoyos, aquellos que han demostrado dónde se debe encontrar el complicado equilibrio entre paciencia y agresividad. García demostró en ese lapso una madurez que, si bien siempre ha estado presente en su juego, hasta entonces no había tenido semejante consistencia. Sufrió cuando tenía que hacerlo, aceptó el reto de Augusta cuando el campo mostró su cara más desagradable y devolvió un envite demoledor. Una estrategia envidiable para un Masters que, dadas las coincidencias mencionadas, nunca fue un torneo normal.

Esta madurez ha disparado su ya reconocido caché en el circuito. Ya nadie piensa que va a frustrar sus opciones en los famosos nueve últimos hoyos; ya nadie piensa que va a odiar Augusta; ya nadie piensa (pobres diablos aquellos que lo hicieron) que no tiene golf para ganar un major. La realidad es que puede ser el primero en ganar dos Masters seguidos desde que Tiger ganase las ediciones de 2001 y 2002.

Y si no, siempre nos quedará la asombrosa competitividad de Jon Rahm, el infatigable control de Rafa Cabrero-Bello y la eterna categoría del bicampeón José María Olazábal. Mucho más que suficiente para ilusionarse con una nueva era española en Augusta.

1 Comentario

  1. Bonito y merecido homenaje a quien supo superar ese pat fallado en el Open Británico. «un gran hombre siempre se recupera de un fracaso; un mediocre jamás se recupera de un triunfo».

    P.D. Y muy buena esa definición propia del autor 🙂

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