El fútbol es un deporte que está muy presente en nuestras vidas. Como dijo José María Cagigal (el director del Instituto Nacional de Educación Física) «es un fenómeno social». Y los medios de comunicación nos lo recuerdan constantemente. Sin embargo, en ocasiones surge alguna noticia que por inesperada nos invita a una reflexión profunda: el jugador Andre Gómes en unas recientes declaraciones afirma estar pasando «un infierno» en Barcelona.

De la noche a la mañana comparte con la opinión pública los sinsabores de su profesión que miles de seres humanos lo hacen a diario en la intimidad. Y en muchos casos en el sofá de su psiquiatra. Como era de esperar las reacciones han sido para todos los gustos: valentía, miedo, compasión, tristeza, comprensión, etc etc etc. Y en algunos casos indignación: ¿Cómo es posible semejante actitud con el dinero que ganan?

Voy a intentar explicar desde mi experiencia el porqué de estos comportamientos que se repiten cíclicamente en los vestuarios de muchos equipos y que he presenciado en multitud de ocasiones, unas veces de manera pública y otras sin que salga de las paredes del vestuario. Y la explicación está en el título de este artículo: La élite masacra al débil.

La justificación de esta frustración se encuentra en la naturaleza de las personas y en la actividad que desarrollan. Hay jugadores que se sienten incapaces de superar la angustia que les produce pertenecer a un grupo selecto y minoritario de personas: LA ÉLITE.

Y ese perfil de deportista se siente débil, miedoso, avergonzado, buscando desesperadamente los rincones de seguridad que le garanticen la tranquilidad que ha perdido. Y esa sensación nunca avisa. Es difícil de gestionar y de superar. Solo los elegidos con una férrea personalidad en cada faceta de la vida campan a sus anchas sin sentirse atemorizados en un territorio tan hostil.

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