Aterrizó el Barcelona en Málaga sin Iniesta (lesionado) y sin Messi (que ha sido padre de su tercer hijo, Ciro). Alfa y omega azulgranas. Ante tal tesitura, Valverde señaló a Dembelé y Coutinho como sustitutos de Andrés y Leo. O al menos como generadores de fútbol. Algo tan pretencioso como estéril. Txingurri entregó el balón a Busquets, Rakitic y Paulinho, que producían un fútbol meloso ante el colista. Un Málaga con más intención que gol, un equipo grosero en ambas áreas.

El Barcelona sondeó al Málaga hasta encontrarle las cosquillas. Cosa que ocurrió a los 13 minutos, cuando Luis Suárez se desperezó y estuvo a punto abrir el marcador. Roberto, en una excelente intervención, corregía la desatención de sus compañeros. Pero solo fue un espejismo porque un minuto después Jordi Alba, el hombre que ha asumido el caudal ofensivo de Neymar en el carril izquierdo azulgrana, regaló una rosca deliciosa al área, que el uruguayo cabeceaba adelantando al Barça y espantando fantasmas ante la ausencia de Messi.

Transcurría la primera mitad con un Luis Suárez deslumbrante, un activo Jordi Alba y un Dembelé suelto y vertical que entendía lo que pedía el partido. Coutinho, por su parte, se enredaba en conducciones inútiles en el eje del ataque. Pero en el minuto 27 Dembelé se inventó un desborde, con un frenazo en seco en la línea de fondo, y un centro al primer palo donde Coutinho definió de tacón. Delicatessem. Gol made in novatos. Descaro del belga, clase del brasileño. Además, Paulinho ganaba importancia en ataque con soluciones inteligentes y apariciones muy prácticas mientras el portero Roberto se erigía en el protagonista local. 

El segundo gol de los culés desató la frustración malaguista, que se concretó en una entrada salvaje de Samuel a Alba. Una roja de otra época. Al descanso el choque llegaba convertido en una agonía para los locales y un dulce trámite para los visitantes.

La segunda parte fue tediosa. Los blanquiazules trataban de sacar orgullo para seguir mirando adelante y los culés anestesiaban el partido, con el piloto automático puesto, a través de circulaciones que solo aceleraban en el último tramo de campo. Sin Messi, el Barça se convertía en un equipo coral, con roles repartidos y el mediocampo marcando el tempo sin ninguna urgencia. Un partido que parecía diseñado para ahorrar energía de cara al partido del miércoles ante el Chelsea.

Sesteaban los visitantes con cierta indolencia en los alrededores del área local. Pasaban los minutos y parecía que Valverde esperaba un tercer gol para recoger e irse. Los dos daban el resultado por bueno. Los locales no querían que los culés se ensañaran, dada su fragilidad actual, y los azulgranas tenían bastante con el triunfo y sin esforzarse lo más mínimo. 

El partido fue un pacto de no agresión, un trámite confortable que Leo Messi vio por televisión desde Barcelona mientras festejaba la llegada de su tercer hijo. No fue el único que lo celebró. Dembelé asumió galones ante su ausencia. Coutinho dejó un detalle de su clase. Y los de José González confirmaron las sospechas. Todas. El Barça está a siete triunfos del título. El Málaga, a nueve puntos de la salvación…

 

 

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