Llegaremos a pensar que es fácil marcar goles. Para evitarlo, recomiendo correr hacia un portero con un balón en los pies. Advertirán, si no tropiezan antes, que la portería se achica a cada paso al tiempo que el guardameta multiplica su tamaño. En el momento del golpeo, si no se desmayan antes, se encontrarán enfilados contra un gigante en un pasillo. Superarlo es tan difícil como sobreponerse a los pensamientos destructivos: me están mirando, romperé un cristal, el portero tiene madre…

En determinados casos, y las excepciones son contadísimas, el proceso es el inverso. La portería se agranda en la aproximación y los terrores se transforman en pensamientos gratificantes. Les ocurre a Cristiano y Messi, y a nadie más en la misma medida. Para ellos, el gol no es un acertijo, sino una diversión. Y toca decir, sin más preámbulo, que Cristiano se divirtió mucho contra el Girona. El primer mérito es que marcó cuatro goles. El segundo es que disimuló su disgusto porque hubiera preferido que fueran cinco. El mérito general es que no jugó obsesionado con el gol, sino con la victoria. Y hay pruebas: permitió que Asensio tirara una falta con 1-1 y regaló a Lucas el gol que supuso el tercero de la noche. Habrá quien lo tome por un brote aislado de generosidad, pero yo quisiera ver un cambio de perspectiva. La madurez sobreviene al doblar cualquier esquina (igual que la vejez).

Si Cristiano es la encarnación del gol, Benzema simboliza un particular tipo de veganismo futbolístico. En principio, y salvo que sea estrictamente necesario, no come goles. Los reparte y los genera, pero a la hora de la ejecución se declara objetor de conciencia. La extravagancia es considerable y, sin embargo, va camino de convencernos. Contra el Girona jugó un partido excelente sin poner en riesgo su pacifismo goleador. De hecho, fue la conexión imprescindible en numerosas jugadas que acabaron en gol o cerca. El Bernabéu lo reconoció con una ovación al ser sustituido, aunque los incrédulos aplaudieron más bajito.

Aunque la victoria del Real Madrid es demasiado contundente como para ponerla pegas, hay que señalar que el equipo sigue alternando los estados de máximo entusiasmo, ese comerse el mundo, con momentos de confusión en los que el rival siempre nos parece la revelación del campeonato. La novedad es que los apagones ceden en favor de los deslumbramientos. Los diez primeros minutos del Real Madrid fueron un maravilloso torbellino de ataques, desmarques y oportunidades. Si resultó fascinante es porque no se trató de un asedio militar; estuvo más próximo al número de los delfines en el Zoo, o a las coreografías acuáticas de Esther Williams en sus películas de los años 40. Había felicidad en todo aquello.

Cuando marcó Cristiano (10’) y el equipo celebró el gol, los jugadores compusieron una estampa que parecía sacada de un anuncio de Coca-Cola, disfruta de tus amigos, esa alegría a cámara lenta de los viejos compañeros de pupitre. Hay muchas pistas sobre la convivencia de un grupo en la manera de festejar las buenas noticias.

Sin embargo, como otras veces, el equipo se desfondó, como si la felicidad se autodestruyera invariablemente al cabo de diez minutos. El Girona utilizó la pelota como balón de oxígeno y advirtió que sus triangulaciones le daban salida y llegada. Fue en ese tramo cuando Mojica se mostró al mundo y Portu nos recordó a los delanteros del colegio, aquellos tipos con flequillo y los pantalones rotos.

Stuani empató con un cabezazo que también habría derribado la puerta de un castillo; hay carneros menos animosos en la embestida. Ni qué decir tiene que el gol cayó en el Real Madrid como un mal presagio. De ahí el desconcierto hasta el descanso.
De regreso, el entusiasmo volvió a ser protagonista. Kroos dirigió como nunca, Cristiano se movió como antes y tanto Lucas como Asensio dejaron claro que son cometas que necesitan cuerda para volar alto.

El gol de Lucas Vázquez fue una exquisitez combinativa en la que participaron Benzema y Critiiano. El portugués marcó luego para enmendar un error del delantero no beligerante. Carvajal, que tenía la noche diabólica, anotó en propia puerta. Y los goles se sucedieron, a cada rato de Cristiano, para salvar el orgullo de unos y otros.

La impresión es que el Real Madrid ha puesto su reloj en hora justo en el momento decisivo de la temporada, y hablo en términos europeos. La sensación es que el Girona es el equipo revelación de la Liga.

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