Es Saúl Ñiguez un jugador extremo. No por sus actuaciones, casi siempre entre el notable y el notable alto, sino por sus goles. No hay comodidad ni placer en sus tantos. Desde aquel de Champions frente al Bayern de Múnich, o mete golazos o no los mete. Así fue frente al Lokomotiv. Cuando más ofuscado estaba el equipo, el centrocampista agarró el balón en la medular, avanzó una decena de metros y soltó un zurdazo desde 30 metros a la escuadra de Guilherme que apaciguó los ánimos en el Metropolitano.

Agarrado a Saúl se llevó el Atlético un partido que le nació a contrapelo. Sin Farfán ni Ari, en Moscú ambos por precaución, el Lokomotiv entregó el balón al Atlético y se parapetó sin rubor en un 5-4-1 en propio campo que ahogó por momentos a los rojiblancos. Olvidado el cuatrivote, Simeone recuperó para la causa a Correa, el único que intentó abrir el campo sin éxito.

Con su tendencia natural al interiorismo, con las bandas enteras para los laterales, el Atlético se enredó en la telaraña medular de los rusos. Requería el partido líneas de cal -ya saben, aquello de ser anchos para ser largos– pero la política de traspasos de invierno, esa que ha dejado una plantilla con apenas 17 jugadores de campo, pasa factura. Yanick Carrasco ya no está, ay, y Vitolo…

Curioso caso el del jugador canario. Se montó un quilombo de los buenos en verano, con las orejas tiesas de Simeone y el Atlético pagando tremenda cláusula y estupendo sueldo para cederlo a Las Palmas medio año. Vitolo no es, ni por asomo, el jugador que fue, algo que entiende el técnico y por lo que sus minutos son limitados. Quizá para este viaje no hacían falta semejantes alforjas, pero esto es para otro negociado que ya llegará.

Así, con el Atlético con el balón, con la posesión, con el juego y con todo lo de que se podía hablar en el Metropolitano no hubo manera de rajar el embudo moscovita, ni siquiera de aprovechar los regalos de Guilherme, uno de esos porteros cuyo juego de pies le hacen sentir a uno capaz de lanzarse al profesionalismo. Por cierto, de Werner, el sustituto del lesionado Oblak y foco de las informaciones en la previa, no se puede decir nada. Apenas hizo una paradita, termómetro de la ambición rusa.

No hubo más noticias desde el gol hasta el descanso. Esperaban mejores al regreso, nada más volver. Y fue Saúl, otra vez él, en la primera jugada de la segunda parte el que puso un balón de seda en el pie derecho de Griezmann. Remató el francés, despejó Guilherme, goleó Diego Costa y se fueron todos a abrazar a Saúl, sin duda el gran suceso de una noche que comenzó incierta y terminó feliz, con un tercer tanto de Koke en el 90′ y con una ventaja suficiente para viajar tranquilo a Moscú el próximo jueves y al sorteo de cuartos en Nyon al día siguiente.

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