Aunque la Selección española fue de más a menos y las últimas impresiones suelen ser las que perduran, mi sensación es que el partido nos dejó muchas señales positivas. No diré que fuimos mejores porque el empate es un justo premio si ponemos en una balanza los méritos de cada equipo. Sin embargo, tengo la sensación de que somos mejores, así en general. Asumo que esta es una afirmación casi pecaminosa, porque estamos hablando de los vigentes campeones del mundo y de los inventores de la fiabilidad alemana tanto en motores de explosión como en equipos de fútbol. Lo sé, pero no me retracto. España es mejor y lo demostró durante largos ratos de la primera mitad, cuando su fútbol de toque y triangulación hizo planear sobre los alemanes en el campo y en la grada viejos complejos que creían superados. Alemania ha copiado el concepto, pero nosotros somos la marca registrada.

Cuestión distinta es nuestra capacidad para materializar la superioridad en goles. Tanto nos hemos empeñado en jugar bien al fútbol que hemos convertido el gol en una consecuencia y no en un objetivo. Es como si encontráramos más placer en combinar que en marcar. Y es un problema, porque después de dibujar en el campo cuatro mandalas, ya nos sentimos como si hubiéramos marcado cuatro goles.

Hay otros asuntos a mejorar. En defensa se nota mucho que estamos haciendo los deberes y que nos gustaría pasar la tarde en otro sitio. Nos distrae una mosca. Para defender bien se necesita un punto de dramatismo del que carecemos. En ciertos momentos, un equipo debe defender como si tuviera que escapar de un edificio en llamas. Nosotros somos un equipo feliz que no distingue un incendio de una estufa.

Eso sí, cuando toca atacar corremos como los niños que salen al recreo después de una clase de matemáticas. Disfrutamos más de la libertad que del ataque.

Todo lo anterior quedó expuesto en la visita a Düsseldorf. Salimos convencidos y marcamos a los cinco minutos. Rodrigo, la novedad en el once, correspondió a un exquisito pase de Iniesta. Va siendo hora de señalar que la defensa alemana no hay rastro de Beckenbauer. Por esa línea se deshace el equipo a poco que se golpee la puerta.

Con Isco e Iniesta al mando de las operaciones nos mostramos como un equipo despreocupado en la contención y extraordinario en la posesión. A menor espacio para maniobrar, más gozaban nuestros futbolistas. Y no saben lo que humilla eso. Quien lo sufre se termina por sentir ninguneado.

A la media hora, la colonia española ya estaba cantando Cielito lindo. A los 34 minutos, Müller dio por finalizada la canción. Justo antes de disparar pensamos que había demasiada distancia y demasiado portero. No contamos con los balones que suben y bajan. En el siglo anterior, la pelota habría terminado en la grada; en este caso aterrizó por la escuadra.

Lo que siguió fue una pérdida progresiva de energía por parte de España, que no puede permitirse el lujo de prescindir de Busquets. Con todo, nos repartimos amigablemente ocasiones y arrebatos.

Es posible que cuando lleguemos al Mundial hayamos traspapelado los detalles del partido, pero no deberíamos olvidar la sensación: somos mejores.

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