El Arena Stožice de Liubliana se vistió de gala para albergar una final entre dos contendientes muy diferentes. Una España que había llegado a la final casi por accidente, lejos de su mejor nivel y con el miedo escénico de tener que enfrentarse al mejor jugador del mundo. Al otro lado, Portugal, que había ido creciendo partido tras partido a la par que la figura de Ricardinho se hacía prácticamente inalcanzable para el resto de mortales. Tanto es así, que casi todavía con la emoción de los himnos a flor de piel, el O´Magico ya había puesto a Portugal por delante.


A partir de ese momento, Portugal midió las fuerzas y se entregó únicamente a los destellos de Ricardinho, mientras España percutía el área de los lusos con más alma que eficacia. La insistencia de La Roja tuvo su premio con un gol psicológico al borde del descanso obra de Marc Tolrá. Y el partido volvió a empezar, cosa que a España no le venía del todo mal.


Miguelín y Pola hacían que nos comiésemos las uñas al inicio de la segunda parte, sobre todo, porque además observábamos en los primeros minutos como Ricardinho permanecía agazapado, cosa que, más allá de aliviarnos, nos mantuvo alerta. Se animó Portugal, y la defensa española (comandada por un inconmensurable capitán Ortiz) demostró galones para neutralizar los arreones portugueses. España se quitó la camisa de fuerza que ha tenido durante todo el campeonato, cuando quiso, o cuando se dio cuenta que era el vigente campeón. Gracias a una buena dosis de estrategia cocinada por Venancio López, Lin hacía justicia y ponía a España por delante a falta de diez para el final (1-2). El peso de la corona se nos posaba sobre los hombros y fue la mejor sensación que pudimos tener desde que comenzase el Europeo.  España dominó a Portugal como no había hecho con ningún equipo antes, y sin embargo, el juego de cinco de los lusos castigó nuestras ilusiones y Bruno Coelho nos dejó la cara echa un poema mandándonos a la prórroga (2-2).


El tiempo de más nos dejó dos malísimas noticias. La primera, la derrota de España, que no pudo conseguir su octavo título continental, habiendo sido la final su mejor partido del torneo (3-2). Europa ya es de otro, y habrá que luchar por recuperarla. La segunda, la lesión de Ricardinho. Sin embargo, y como ya ocurriese en la final de la Eurocopa de fútbol en el 2016, Portugal parece estar destinada a que sus ídolos recojan los trofeos cojeando. Otro día diez. Bendita maldición. 

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