Ignoro si las desgracias curten, pero es obvio que sirven de entrenamiento. A partir de la quinta desgracia, las que vienen después son recibidas con un té con pastas. No digo que el Real Madrid sea un equipo desgraciado, nada más lejos, pero es innegable que en el transcurso de la temporada ha hecho colección de contratiempos. Antes casi siempre le abatían y últimamente los acepta con asombroso estoicismo. Supongo que es una cuestión de aprendizaje que termina siempre en el mismo capítulo: la vida pica como los pantalones de franela.

Cuando el Leganés marcó a los cinco minutos, al Real Madrid se le plantearon dos opciones: romper a correr o romper a llorar. Afortunadamente se inclinó por la primera posibilidad. Se extrajo la flecha, se sacudió el polvo y prosiguió como si tal cosa. Ni un reproche a pesar de que había unas cuantas conductas reprochables. La más clara, por no decir clamorosa, apunta a Theo Hernández. El chico no despejó como debe hacerse con los balones que revolotean sobre la línea de gol. En lugar de patear la pelota y sacarla del estadio, quizá de Leganés, tal vez de la Comunidad madrileña, quiso apartarla con un toquecito, como si la cabeza de Bustinza fuera más importante que salvar el gol. Así son los muchachos, gente de un idealismo conmovedor. A Theo, por cierto, se le está agotando la última de las excusas, la edad (20). A estas horas, no existe otra justificación para su discreto rendimiento.

El empate del Real Madrid, cinco minutos después, sirve para reivindicar la figura de Lucas Vázquez, al que menospreciamos a menudo. Es el problema de no tener un rasgo distintivo: ni un dragón tatuado, ni un desvarío, ni un peinado original. Sin embargo, es hora de reclamar su importancia en el juego, no sólo en el gol. Lucas toca rápido, ve claro y equivoca deliciosamente el tamaño de la portería, no es tan grande como él piensa.

El segundo gol del Madrid convalida por una clase de geometría. Lean rápido si quieren seguir el balón: Benzema, Casemiro, Benzema, Lucas y Casemiro. Casi rima. Fue una triangulación fulminante, como se recomienda, y vertical, como deben serlo. Al autor del gol debemos hacerle un reconocimiento más general. Después de pasarnos unos años llamándole Casimiro, desde hace algún tiempo hemos comenzado a llamar Casemiro a los Casimiros. La eternidad debe ser una cosa muy parecida.

Que nadie piense que el partido se puso cuesta abajo porque ocurrió lo contrario. El Leganés estuvo tan lejos de rendirse que anduvo cerca de empatar. La diferencia con otras tardes es que al gigante no le abandonaron ni las fuerzas ni la suerte. Resistió sin inmutarse y resopló, por fin, cuando el árbitro señaló penalti por derribo a Kovavic. Sergio Ramos transformó la pena máxima en alegría extrema y los madridistas abandonaron el campo como si la felicidad fuera eso. Sufrir, sobreponerse, volver a sufrir y sobreponerse de nuevo. Quién sabe si no tendrán razón.

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