Andan buscándole las vueltas a Diego Pablo Simeone con el ficticio asunto de Fernando Torres. De manera directa o indirecta, con el entorno del futbolista enredando en distintos medios de comunicación o escondiendo la mano con preguntas de micrófonos interesados. La última ha llegado a cuenta del apoyo expreso del técnico a la continuidad de Griezmann con una surrealista pregunta disfrazada de exigencia para un similar soporte a una futura renovación de Fernando Torres. Harto de casi todos, el argentino dijo «no» y se reactivó la política de enfrentamiento.

La paradoja es que esa obstinación por confrontar las necesidades del entrenador con los deseos del entorno del jugador a quien más perjudica no es a otro que al propio Fernando Torres. Fuera de foco en Inglaterra y sin hueco en un desangrado Milan, Diego Pablo Simeone aceptó en enero de 2015 el regreso del ídolo como un factor aún más vertebrador para un equipo que ya viajaba a velocidad de crucero como campeón de Liga y subcampeón de Champions.

Su presencia en unas plantillas en las que estaban, o están, Arda, Griezmann, Mandzukic, Jackson Martínez, Correa, Carrasco, Gameiro y Diego Costa obedecía más a un refuerzo moral y de comunión con la grada que a una necesidad futbolística. Lejos de convertir a Torres en un objeto de márketing, Simeone dispuso del delantero de acuerdo con las necesidades del equipo en cada una de las temporadas, como sucedió en la 2015-2016, cuando el fiasco de Jackson Martínez abrió aún más las puertas del terreno de juego a Torres, que participó, como titular (25) o suplente (19), en todos los partidos de ese curso.

Lo que se niega a asumir el entorno del ariete es que la etapa de Fernando Torres en el Atlético está tocando a su fin, quizá más tarde de lo que hubiera sido recomendable. El delantero, que apareció en un momento delicadísimo del club, en Segunda División, como gran esperanza de un futuro exitoso que sólo llegó con Simeone, ya no tiene nivel para jugar en el actual Atlético de Madrid. Un hecho que tienen asumido el técnico y el propio jugador –»juego cada minuto como si fuera el último», declaró hace menos de un mes-, pero que se obcecan en negar sus acólitos.

¿Simeone contra Torres? Ni por asomo. El técnico sabe lo que el delantero significa para la afición y por eso sigue manejando su participación de acuerdo a su status. Ambos, uno más que el otro, tendrán su lugar de honor en el Metropolitano. Fernando Torres sostiene la bandera del sentimentalismo rojiblanco, mientras que Diego Pablo Simeone clavó hace ya tiempo el pendón del orgullo. El entrenador es el Atlético real; el delantero es un espejismo que solo ve su séquito, para desgracia del propio Fernando, seguramente el que más quiere al Atlético de todos los que le rodean.

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