Un infarto lo asaltó en plena calle. A traición, sin posibilidad de respuesta. Y Quini, que lo había superado casi todo, se marchó para siempre. Superó un secuestro, el fallecimiento de su hermano, portero del Sporting más glorioso, y el cáncer que le diagnosticaron en 2008. Pero Quini no pudo más. «Se te cae el mundo encima en unos segundos, el tiempo que pasas de estar bien a pensar seriamente que te vas a morir», contaba hace dos años durante un coloquio sobre el cáncer. Pero Quini lo superó sin perder la sonrisa que lo acompañó durante toda la vida. La que le hacía ser querido por todos los aficionados por más goles que le hubiera marcado a su equipo, la misma que exhibió como delegado del Sporting o ya en los últimos años como encargado de Relaciones Institucionales del club.

Debió de ser algo más que casualidad que la primera victoria de España en Wembley llegara el mismo día de 1981 en que lo liberaron de su secuestro. 1-2 venció la Roja, a la que nadie llamaba así todavía, y todos sus compañeros le dedicaron el triunfo. Aunque las versiones sobre cómo se enteraron de la liberación del Brujo difieren. «Nos enteramos en el descanso. Creo que nos lo dijo Julián del Amo [delegado de la selección ya fallecido]», contaba Marcos en La Razón hace dos años. «Nos lo dijeron al subir al autobús», creía recordar Joaquín, compañero suyo en el Sporting. «A Quini le teníamos mucho cariño, fue una noche inolvidable», decía Satrústegui, autor de uno de los dos goles. Fueron 25 días encerrado en un zulo, pero no fue tiempo suficiente para que el rencor encontrara un hueco en su alma. Acabó perdonando a sus secuestradores y renunciando a la indemnización que le correspondía. Así era Enrique Castro, Quini en realidad. Porque nunca tuvo nombre ni apellidos. Por algo un funcionario del juzgado que se ocupaba del caso de su secuestro tuvo que preguntarle cómo se llamaba en realidad.

Aquel hombre, como tantos otros, probablemente se había cansado de escuchar «Gol de Quini», la canción más escuchada en la radio deportiva de los años 70 y de los primeros 80. En aquellos años se hizo famosa la frase «No diga Kempes, diga gol». Pero el gol era Quini, cinco veces Pichichi de Primera —tres con el Sporting— y dos de Segunda. Eran otros tiempos, ahora nadie puede imaginar a un jugador del equipo gijonés siendo tres veces máximo goleador de Primera División.

Quini salió de su secuestro sin tiempo para que el Barcelona ganara aquella Liga que parecía suya, pero nadie pudo quitarle el Pichichi. Repitió un año después y fue uno de los 22 jugadores que seleccionó José Emilio Santamaría para el Mundial de España ’82. Aquel fue su último servicio con la camiseta nacional. La llegada de Maradona y el empeño de Menotti en que jugara como 9 y los años le fueron apartando de la alineación.

Llegó al Barcelona en 1980, después de la Eurocopa de Italia, y regresó al Sporting, a su casa. Allí fue delegado antes de ocuparse de las relaciones institucionales de la entidad. Seguía siendo el futbolista más reconocido por los aficionados, al que más fotos le pedían, el que más autógrafos firmaba. No le importaba atender a veteranas aficionadas que esperaban su salida de los vestuarios o que lo asaltaran en el tren durante un viaje. Siempre amable. Porque Quini era el Sporting, Quini era el gol.

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