Tras el triple paseo espacial de Ridley Scott con la secuela de la precuela de la gran Alien: el octavo pasajero (1979), la tediosa e innecesaria Alien: Covenant (2017), la entretenida aventura marciana de Matt Damon en The Martian (2015) y la producción de la prescindible secuela millennial de Blade Runner, la estéril y artificiosa Blade Runner 2049 (2017), el veterano director vuelve a plantar los pies en la Tierra para llevar a la gran pantalla la historia del secuestro, ocurrido en los años 70, del nieto del petrolero Jean Paul Getty, el primer hombre que amasó una fortuna de 1.000 millones de dólares y según dicen el tipo más rico de su época. Y uno no puede dejar de pensar que si tanto viaje espacial le ha dejado a Scott semejante jet lag en el cuerpo que le ha incapacitado para hacer buen cine, por mucho oficio que tenga.


Título: Todo el Dinero del Mundo.
Dirección: Ridley Scott.
Reparto: Michelle Williams, Mark Wahlberg, Christopher Plummer, Timothy Hutton, Romain Duris, Charlie Shotwell, Charlie Plummer, Andrea Piedimonte
País: Estados Unidos.
Duración: 132 min.


Gran parte de la atención que ha suscitado esta cinta en medios y público ha sido la radical decisión que tomaron Ridley Scott y la productora de eliminar al actor que originalmente interpretaba al magnate Getty, un Kevin Spacey tan desfigurado por el maquillaje como Gary Oldman para resucitar a Winston Churchill en El instante más oscuro (2017), sustituyéndolo a base de rodar sobre cromas y volviendo a filmar algunas secuencias por el gran Christopher Plummer, a la postre quizá lo único rescatable de la película. Cierto es que los deplorables escándalos sexuales de Spacey, entre otros poderosos cineastas, han hecho temblar los cimientos de la industria del cine en Hollywood, pero tras ver la película y el gran trabajo de Plummer, uno no sabe si el cambio de última hora le ha hecho un favor al Frank Underwood de House of Cards.

Todo el dinero del mundo, además de ser una rutinaria historia de secuestros, negociaciones y rescates, es el retrato crudo y despiadado de un tipo asquerosamente rico que se niega a pagar el rescate del secuestro de su nieto por pura y simple avaricia, ya que lo que más ama, como si fuera una versión siniestra del Tío Gilito, es su inmensa fortuna. El petrolero Jean Paul Getty que retrata la película es un hombre que lava en la bañera del hotel su propia ropa interior porque se niega a pagar por el servicio de habitaciones, al mismo tiempo que gasta millones de dólares en acumular obras de arte únicas —reconoce que poseerlas es lo que más le pone— y cada día desayuna viendo cómo las acciones de sus empresas se han revalorizado en plena crisis del petróleo en los años 70.

Así, el trabajo de Christopher Plummer, teniendo en cuenta además las circunstancias del rodaje, es memorable, pero el resto de los personajes, desde la desnortada Michelle Williams como nuera del magnate, hasta el insípido Mark Wahlberg como ex agente de la CIA encargado del rescate, pasando por el melifluo Charlie Plummer como el Getty secuestrado, y el grotesco Romain Duris como jefe de los secuestradores de la mafia calabresa, son en gran parte del metraje de vergüenza ajena.

A veces, parece como si Ridley Scott hubiese rodado esta película sin ganas, lleno de pereza y desidia, dando por válidas escenas dignas de quedarse en la mesa de montaje o de repetirse o reescribirse infinitas veces. Y, para colmo, quizá como queriendo dar un puñetazo en la mesa para impedir que en la sala los ronquidos de algunos espectadores ensordezcan los sonidos de otros rumiando palomitas—ya que a esas alturas de la cinta a uno ya le da igual que rescaten o no al nieto del detestable ricachón—, Scott introduce una cruel y sangrienta escena que en el pase de prensa matinal provocó que un compañero, que parece que no desayunó muy fuerte, se desmayara. Cierto es que posiblemente la historia original no diese para hacer una gran película, pero la puesta en escena de ese secuestro, el injustificado síndrome de Estocolmo inverso del secuestrador y la caricaturesca descripción de la mafia calabresa nos hacen desear que el gran Ridley Scott vuelva a plantar su cámara más allá de nuestra órbita, donde últimamente parece que se desenvuelve mejor que en la Tierra.


CERVEZA RECOMENDADA


Founders Porter. Alcohol: 6,5%. Amargor: 45 IBU.

Founders Porter
Founders Porter

La extraordinaria cervecera de Michigan (Estados Unidos), ahora participada por Mahou-San Miguel en un 30%, tiene en esta Robust Porter posiblemente su más lograda referencia, sobre todo para los amantes de beber “petróleos” —véase cervezotes negros opacos—. Seguramente sea ésta la birra más apropiada para maridar con esta oscura historia del multimillonario petrolero Jean Paul Getty.

La cerveza, reinterpretación del clásico estilo Porter inglés con que se alimentaban los porteadores del puerto de Londres hace más de dos siglos, al servirla en una mítica pinta british Nonick, la sensación que uno tiene es la de vaciar el aceite usado del motor del coche. En nariz se percibe un potente aroma a cacao y a café moka, junto con algunas notas ahumadas. Al beberla la experiencia es intensa pero muy agradable, ya que aunque su apariencia impone, esta Porter es cremosa, sedosa y muy redondeada, consiguiendo un efecto pleno en la boca de matices a café y cacao coronados con un suave final seco y delicadamente amargo.

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