No sé… Me siento muy bien. Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo. Y… Es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara. Como si tuviera fuego dentro y me veo volando, como un pájaro. Siento como electricidad. Sí, como electricidad». Billy Elliot.

No sorprendería demasiado que, en un giro inesperado de los acontecimientos, Marco Asensio fuese aceptado en el Royal Ballet. Tampoco que, a estas alturas, un jeque hiciese un ademán irrespetuoso desde el bolsillo ante tal aparición, para apretarnos el nudo de la corbata y hacernos entender, de una vez, que un fulgor semejante ya no debe esperar su oportunidad. Tengo agujetas en los hombros de llevarme las manos a la cabeza gracias al jugador número 20, aunque a eso también contribuyesen un galés y un francés de chiste a los que les falta un tercero para, al menos, hacer algo de gracia.

Ante la calidad de Marco se rinden hasta las pipas. Ante su personalidad, un Bernabéu entregado a la suerte de gigantes y unos pocos bajitos. Se observa en su conducción que aún podemos ser jóvenes cuando nos dé la gana. Entiendo cuando le miro que le da lo mismo ocho que ochenta, que la persecución hasta la portería acabará como las mejores noches de un verano cualquiera. Le odio porque me ilusiona. Y tengo la plena convicción de que, a pesar del pesimismo de esta temporada, no soy la única. 

Asensio se llama al silencio ante las voces que lo colocan entre lo mejor que han visto en años, mientras la grada silba y murmulla. Mira al cuarto anfiteatro después de cada tanto y siempre le guiña un ojo a aquellos que lo consideraron una apuesta arriesgada. Ahora, el madridismo se entrega a su juventud y a su recién estrenado desparpajo con la vista puesta en el Parque de los Príncipes. Como Billy, Asensio no quiere vivir su infancia, simplemente quiere ser un bailarín de ballet.

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