Algunos intrépidos andan diciendo por ahí que la época de abundancia se ha terminado en el Atlético de Madrid, como si esto de la Europa League fuese un torneo de verano, un estorbo de temporada. Nada importa que muchos no sientan en rojo y blanco, allá ellos con sus propias miserias, pero sí es preocupante que haya gente de casa que piense eso.

A ellos habrá que decirles que Europa es importante en toda su extensión y que siempre se es por lo que se fue. Se cumplen ahora seis años (16 de febrero de 2011) del debut de Diego Pablo Simeone en competiciones europeas con el Atlético de Madrid, equipo al que cogió casi desahuciado para devolverle su gen competitivo, su ADN ganador, su historia de grande. Era, como ahora en 2018, en una Europa League que se terminó ganando y que fue el germen del partido a partido, del nunca dejes de creer, de las Champions, de las Ligas, del orgullo.

De aquel partido en el Olímpico de Roma frente al Lazio (1-3) a este del Kovenhavn Stadium frente al Copenhague (1-4) aún quedan Juanfran, Godín, Filpe Luis, Gabi, Koke y, por supuesto, Diego Pablo Simeone, que sí entiende que se es por lo que se fue y maneja esta Europa League como otro torneo grande que intentar ganar para seguir haciendo historia en rojiblanco.

Por eso se plantó en Dinamarca con alineación de día importante, salvo por las bajas de Diego Costa, que se quedó en Madrid, y de Oblak, descolgado a última hora por gripe. El resto, grupo más que reconocible y actitud más que responsable. Presión alta con Saúl y Thomas en el eje, Correa y Koke en las alas y Griezmann y Gameiro arriba. Salió tan serio el Atlético que parecía de ciencia ficción que a los diez minutos no hubiera resuelto ya la eliminatoria, surrealismo puro cuando los daneses se encontraron con un gol del Fisher de tacón al cuarto de hora, en la primera ocasión en la su equipo pasó del centro del campo.

A remar otra vez como hace seis años. Volver a creer como hace seis años, en aquella Europa League que vio nacer a Simeone en el banquillo rojiblanco. Eso sí, con toda la experiencia y los títulos en el cuerpo, con la certeza de que ahora sí se es un grande. La respuesta del Atlético al inconveniente fue impecable y rápida. Mantuvo el equipo su naturaleza, su dominio y su juego y encontró el empate en un cabezazo nítido de Saúl. Subió el nivel y puso las cosas en su sitio con un gol de Gameiro tras un jugadón prodigioso de paredes y tacones entre Griezmann y Lucas.

Confirmada la autoridad del Atlético y la certeza de que en Copenhague nieva como si no hubiera mañana, el resto del partido fue una cuestión de insistencia y precaución. Lo primero para dejar cerrada la eliminatoria; lo segundo para intentar no resbalar en el nevado césped y evitar lesiones. Las dos cosas se consiguieron, una con los tantos de Vitolo y de Griezmann, auténtico señor del partido, y la otra con el parte médico impoluto. El Atlético quiere la Europa League. Como hace seis años, en los orígenes del cholismo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here