A un equipo como el Real Madrid, peleado con el gol, se le ayuda con un penalti; el Valencia le hizo dos. A partir de esta generosa contribución se explica el primer acto del partido, una mitad del segundo y un tercio del tercero. Montoya, vencido por el lado oscuro, derribó a Cristiano primero y a Benzema después, en ambos casos con bastante estruendo y ninguna necesidad. Si esta victoria sirve como punto de inflexión, cosa que sabremos pronto y no descarto en absoluto, se habrá demostrado, una vez más, que el éxito es una carambola tan caprichosa como el fracaso. Ya lo dijo Rudyard Kipling en mejores términos.

Sin embargo, nos haremos una idea equivocada si pensamos que el Real Madrid ganó porque le cayeron dos regalos del cielo o del infierno particular de Montoya; también importa lo de antes y después. Importa la actitud en los primeros minutos, el orgullo como fuente de inspiración y la rebelión ante el destino. Importa la supervivencia en la segunda mitad, el tiempo de los horrores. El gol de Santi Mina invocó todos los fantasmas que persiguen al Real Madrid durante la temporada, la estadística fatal y el desfondamiento anímico. Sin embargo, el equipo se ató al timón y salvó la tormenta. También eso importa. Tanto como el arreón final, el reencuentro con la pegada, aquellas tardes en las que cualquier disparo terminaba en abrazo o grito onomatopéyico. Las porterías se agrandan y estrechan con un dispositivo que se aloja en lugar indeterminado de la cabeza y que se llama confianza.

Cristiano le debe mucho a Montoya. Su crisis necesitaba de alguien que le sujetara la bicicleta hasta que comenzara a rodar solo. Tal vez haya comenzado a hacerlo, aunque el doblete no niega un problema de explosividad nunca visto. La madurez, ya lo he comentado por aquí, es una pérdida de velocidad que disfrazamos de capacidad reflexiva, algo de escasa utilidad para un delantero matador o para un matador cualquiera.

La recuperación del Madrid se acompañó de un lamento: qué habría ocurrido si Zidane hubiese convocado contra el Leganés a Cristiano y Bale. Si le das demasiadas vueltas terminas mareado. Hasta en un equipo tan grande se abre un abismo entre los buenos y los extraordinarios. En el capítulo de las decisiones indescifrables, quedará anotado que Zidane sustituyó a Bale justo después de una formidable arrancada que hubiera concluido en gol si a Cristiano no le atrasara medio segundo el reloj de oro.

Al Valencia le costó más sobreponerse a Montoya que al Real Madrid. Cuando lo consiguió —Carlos Soler mediante— tuvo la suerte en sus manos y el partido en sus pies. Le faltó el gol para tomar el cambio de sentido. Keylor Navas no ganará el guante de oro, pero bien merecería el Premio Nobel de la Concordia. No desfallece por mucho que le piten los oídos.

El último protagonista es Marcelo. El equipo no volará hasta que no recupere a los laterales. Por eso levantó esta vez un par de metros del suelo. La última esperanza de color blanco es que el lado oscuro se haya distraído con Montoya y haya perdido el tren de vuelta a Madrid.  

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