Si a alguien se le hubiera ocurrido contar el desenlace de esta eliminatoria de cuartos de final de la Copa hace exactamente una semana le hubieran tomado por loco. No por la clasificación del Sevilla. No solo. No por el descalabro del Atlético de Madrid, que tampoco. Ni siquiera por el resultado, claro y diáfano, pero posible siempre en el deporte. Pero sí por la diferencia de fútbol entre ambos, por el soberano baño dado por el equipo de Montella al de Simeone.

Cuesta explicar que hace una semana el Sevilla estaba muerto y el Atlético soñaba con casi todo. Es difícil de entender lo que para el equipo hispalense supuso el gol de Correa en el Metropolitano. Y también para el Atlético, desconocido desde entonces, sin brío y sin mando, sin dirección ni nervio. El Atlético está enterrado en enero y alguien tendrá que sacar alguna lectura de lo acontecido de cara al futuro.

Dos bofetones secos le bastaron al Sevilla para poner orden en la eliminatoria. Uno a los 26 segundos de partido, gracias a un pase de Sanabria que Escudero convirtió en un golazo con Vrsaljko a la luna de Valencia. El otro a los dos minutos de la segunda parte gracias a un penalti estúpido de Saúl que Banega convirtió con temple. Entre medias y más allá, el equipo de Montella ofreció su mejor versión del año, con N’Zonzi imperial, Banega en modo jefe y Sarabia… Algún día se hará justicia con este extraordinario jugador, siempre en el sitio justo con la mejor opción a punto para dotar a sus equipos de significado, de juego, de fútbol. Su gol, el tercero de los suyos, el que sellaba la clasificación para las semifinales, fue una oda a sus condiciones y su inteligencia

El baile resultó imperial. Tanto, que al Atlético se le vieron las costuras como nunca hasta ahora. Es increíble que en menos de un mes un equipo como éste dependa tanto de un jugador como Diego Costa. Al de Lagarto le habría venido al pelo este partido vertiginoso, sobre todo después de que Simeone volviese a plantearlo desde el fútbol directo, desde la segunda jugada, con el centro del campo en busca de aviones que volaran desde San Pablo.

Apenas encontró el ánimo con un gol imposible de Griezmann dese fuera del área. No hubo otra cosa desde el lado de Simeone. Si acaso una clara ocasión de Correa que solventó Sergio Rico con un paradón de época. Un triste balance para lo que se supone que es el Atlético, que era este Atlético.

Tras el ¡uy! se acabó lo que se daba y Simeone, que terminó expulsado, se encargó de clarificarlo con unos cambios que incluso empeoraron lo que había. Ni Carrasco ni el ídolo de la afición, que no está ya para este nivel competitivo, hicieron nada. NADA. La salida de Thomas al campo con Vitolo en el banquillo ofrece otra lectura que considerar desde los puntos de vista técnico e institucional.

Así se desangró el Atlético y así lo enterró el Sevilla, el renacido Sevilla de Vincenzo Montella. Un equipo que ya está en las semifinales de Copa y en los octavos de final de la Liga de Campeones. El Sevilla digo, no el Atlético.

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