No importa si Nike decide disfrazar a Roger Federer de efecto Doppler (haciendo un homenaje al gran Sheldon Copper) como en la edición 2017 del Open de Australia. Tampoco si aquellos expertos, de dudosa consideración, firmaron su sentencia de retiro cuando parecía que su tenis ya era más digno de exhibiciones que de un Grand Slam (no hace tanto). Pero es Roger. Es Federer.

El suizo tiene un paladar tan exquisito, que ahora elige sus torneos cuando considera que el esmoquin se ajusta a su cuerpo sin la necesidad de hacerlo antes de tiempo vestido de cualquier manera. Lo que estamos presenciando en Melbourne es una nueva ópera prima y una falta de respeto a aquellos que piensan que esto del tenis es algo demasiado complicado. Basta con observar al suizo. Sus golpes desprenden sinfonías y dibujan formas más acordes al surrealismo que al mundo terrenal.

La victoria ante Berdych en tres sets para afianzar sus posibilidades de ganar el 20º Grand Slam de su carrera son la culminación de dos factores determinantes: la experiencia y el descanso. Roger ha optado por entrar a la pista en Australia sin dar explicaciones, sin presión, teniendo la memoria fresca y apostando por su propio presente, ese que él mismo está gestionando a la perfección en medio de la polémica por las exigencias del calendario. La mentalidad del jugador de Basilea apuntala una deliciosa manera de entender el manejo de la derecha, de la volea, del saque, y de la impunidad demoledora del mejor revés a una mano del circuito.

 


 

Para entender un poco la fórmula del éxito desde su regreso, nos remontamos a las palabras del encordador de Rafael Nadal, Xavi Segura: “Básicamente, Federer ha optado por seguir el camino de los jugadores veteranos y con el cambio de raqueta lo que intenta es compensar el déficit físico”.  Además de lo evidente, no puede ser más inteligente. A los 36 años, Roger ha entendido el cambio de paradigma del tenis actual y ha sabido adaptarse a las circunstancias mejor que nadie.

Roger es ese amor de verano con el que nos reencontramos de nuevo pasados los años, más viejos, con más arrugas y mucho más preocupados. Sin embargo, y durante unos segundos, nos recuerda que la belleza no envejece, madura. Ese pensamiento es el que tengo en mente cada vez que Roger Federer se erige frente a mí y su efecto parece que va a durar eternamente. Que así sea.

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