Corre el riesgo de que el polemista Piqué haya devorado al futbolista Piqué. Existe la posibilidad, tan cierta como trágica, de que el jugador de fútbol termine por pasarnos inadvertido, como si su actividad sobre el campo fuera una actividad secundaria en comparación con su ocupación principal. Sería una lástima, y lo digo muy en serio, que Piqué renunciara a ser un futbolista de época para convertirse en una guindilla de temporada. De ocurrir tal cosa, quedaría comprobado que todo es nocivo en exceso, incluida la inteligencia. En casos de sobreabundancia, pasarse de tonto es tan peligroso como pasarse de listo.

Si ya apenas se menciona la capacidad de Piqué para sostener la defensa de un equipo que vive con medio cuerpo asomado al balcón, si no se profundiza en su inmenso valor como defensa, es porque su personaje ha sido encuadrado en otra sección. Variedades. Política. Cataluña. Y mucha culpa la tiene él. Habrá una parte de responsabilidad, y no la paso por alto, que corresponde a los prejuiciosos y a los adversarios, políticos o deportivos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, Piqué ha pasado de agitador de conciencias a agitador a secas y de la fina ironía a la sal gruesa, del humor a la susceptibilidad. No hace ni falta señalar que sus opiniones políticas son tan respetables como las de cualquiera y creo que su personal encaje en España (en la futbolística y en la otra), antes que irritar, debería servirnos como pista y ejemplo de una sensibilidad distinta y en ningún caso minoritaria. La Selección, como representación de nuestro complejo país polisensible, no estaría completa sin Piqué.

Defender la excepcionalidad de un futbolista que se sale del discurso convencional y sin sustancia no implica un indulto general. Cuando Piqué habla del “Espanyol de Cornellà” —lo volvió a hacer en el acto de su renovación— menosprecia a los pericos, a los habitantes del Bajo Llobregat y, por extensión, a los catalanes no barceloneses, que entenderán mal que se utilice la capitalidad como un título honorífico (tengo entendido que referido a Madrid molesta una barbaridad). Si lo que pretendía Piqué era responder a los aficionados limítrofes que le insultaron a él y a su familia en el último derbi, bien pudo elegir un arma más precisa que las bombas racimo. Esa falta de finezza, en alguien tan inteligente, es lo que distorsiona a un personaje que ejercía una labor refrescante cuando se tomaba el fútbol como una broma. Quitarle gravedad al juego —y al negocio— parecía una buena idea, aunque fuera a costa de Kevin Roldán.

El problema es que el sentido del humor, bien practicado, también exige reírse de uno mismo, y a Piqué le está venciendo la misma gravedad de la que se burlaba. Y no es un reproche. Es un lamento. Y por fortuna se agota pronto. Si Piqué no prospera como provocador nos quedará un futbolista fabuloso al que se nombra poco cuando se recita la leyenda del Barça invencible.

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