«Soy James, tengo 17 años y creo que soy un psicópata». Con este nivel de brutalidad arranca The end of the f***ing world. James, un adolescente que ya se ha cargado a unos cuantos animales, decide pasar al siguiente nivel: es hora de asesinar a una persona. En su camino se cruza con Alyssa, otra adolescente no menos atormentada que James, para formar un combo delicioso, descarado y provocador, que desemboca en una bizarra historia de amor. Un Bonnie y Clyde millennial con formato road-movie que bajo mi punto de vista no tiene nada de comedia romántica. Es un drama absoluto (con mucha dosis de humor tremendamente oscuro) sobre el intrincado mundo adolescente, sus barrotes, su etapas, sus pocas luces y sus muchas sombras.

The end of the f***ing world es completamente adictiva, así que posiblemente la consuman en un maratón este mismo fin de semana. Y quedarán más que satisfechos, a la par que ansiosos, esperando una segunda temporada. Quien busque en The end of the f***ing world un nueva serenata romántica norteamericana que no se moleste en ver ni siquiera el trailer.

La serie se aleja y mucho de los pilares del romance adolescente típicamente norteamericano que conocemos (que sea una ficción inglesa ayuda y mucho) y apuesta por lo políticamente incorrecto. Es una serie salvaje se mire por donde se mire, y una huida hacia el conocimiento de la adolescencia entendida como la etapa más visceral, irracional y siniestra de los seres humanos. Todo ello construido a través de una narración dinámica, a una cuidada estética que nos recuerda a Moonrise Kingdom, y a un viaje descorazonado. Eso, mientras vamos enamorándonos del vacío existencial de los dos protagonistas que encarnan Alex Lawther (Black Mirror) y Jessica Barden (Penny Dreadful). La lista de secundarios redondean la serie y le dan empaque: Gemma Whelan como la agente Eunice Mediodía, Wunmi Mosaku como la polícia Teri Donogue; Steve Oram como Phil, el padre de James; Christine Bottomley como Gwen, la madre de Alyssa y Navin Chowdhry como Tony.

Es posible de podamos acusarla de caer en varios clichés y por eso el desenlace de algunos capítulos se da por hecho. Sin embargo, en un momento deja de importarnos el qué o el cómo, porque nuestra propia necesidad de empatizar a veces con personajes marginados hacen que no podamos apartar la vista de la pantalla solo para observar cuál es el siguiente movimiento de nuestra nueva pareja favorita. Véanla bajo esta premisa: «Estar loco en un mundo trastornado no es locura, sino cordura».

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