Después de ver ayer al Leganés en el Bernabéu, muchos olían sangre hoy en el Camp Nou con el Espanyol. Pero en un ejercicio natural, casi innato, surgía la irremediable comparación entre el depresivo Real Madrid y el vitaminado Barcelona, lo que no invitaba a arriesgar mucho a la hora de apostar.

A diferencia de las acomodadas huestes de Zidane, los azulgranas estaban obligados a remontar el 1-0 de la ida, lo que justificó el colmillo afilado. Esa necesidad se plasmó en el campo desde el inicio. Mordían Busquets y Rakitic, pero quien más hambre mostraba era a quien menos se le supone: Leo Messi. Agresivo y vertical, como contraposición al Cristiano ansioso y taciturno que languidece en el Madrid.

Pasaban ocho trepidantes minutos de partido y el Espanyol estaba embotado en su área cuando Messi recuperó una pelota en la medular. El argentino habilitó a Aleix Vidal, quien regaló un centro tenso por delante de la defensa perica que se paseó ante un tibio Pau. En el segundo palo Luis Suárez se abalanzó como un tigre sobre la pelota (no recuerda uno ver esa ferocidad en Bernabéu desde Hugo Sánchez) y cabeceó a la red para empatar la eliminatoria.

Quique sacó a su defensa del área y los mediocampistas blanquiazules, cinco en esta ocasión, lo agradecieron llegando a los dominios de Cillesen con más voluntad que efectividad. El partido seguía áspero pese a la superioridad culé. Y entonces el hambre de Messi volvió a provocar otro robo, esta vez al borde del área, zona inflamable. Se sacó un latigazo mordido que rebotó en Naldo, engañando a Pau. Gol con suerte, tanta como hambre. En 24 minutos el Barcelona había dado la vuelta a la eliminatoria con un entusiasmo envidiable.

En el descanso Quique equilibró su equipo metiendo algo más de mordiente con Leo Baptistao, lo que dibujaba al Espanyol en el campo en un 4-4-2. El Barça gestionaba la renta, la borrasca azulgrana se quedaba en chubasco con un Valverde incómodo que no las tenía todas consigo. Un gol metía a los pericos en semifinales. Jugaba con fuego, como el Madrid, mientras calentaba Coutinho. Sánchez Flores tenía el partido en el alambre y echaba el órdago situando en el campo a Sergio García por un intrascendente Granero.

Con Coutinho en el campo Pau evitó la sentencia con dos paradas salvadoras. Restaba un cuarto de hora y el Barcelona no terminaba de sellar el billete a semifinales. Cada minuto acrecentaba el suspense en el Camp Nou. Cada ataque que no terminaba aumentaban las sospechas. A falta de diez minutos una jugada de Sergio García terminó en una contra en la que Gerard Moreno se fue al suelo con cierta complicidad de Jordi Alba.

El Camp Nou comenzaban a mirar con recelo el partido. El Espanyol estaba a un golpe de las semifinales, a un croché de mandar al Barça a la lona. Una contra en el minuto 80 terminó con una contra en la que algo hubo entre Gerard Moreno y Jordi Alba en el área culé. En el 88 Messi remataba de cabeza al palo. El final respiraba suspense. Una Copa digna de Hitchcock.

El Espanyol cayó con honor. El Barça pasó con sufrimiento. Solo el hambre de Messi, en su versión más caníbal, fue capaz de desactivar la trampa perica. Sin Real Madrid ni Atlético, los azulgranas son ahora favoritos. En realidad, como sostiene Guardiola, lo son siempre porque tienen a Messi…

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