El asunto estalló el pasado 13 de enero durante la concentración del Spartak de Moscú en Dubai. El departamento de comunicación del “equipo del pueblo”, como es conocido el club por sus orígenes vinculados a las cooperativas de los koljós, tuvo la, a priori, inocente ocurrencia de darle las riendas de sus redes sociales a uno de los futbolistas con más guasa de la plantilla, el defensa Georgi Dzhikiya. Aquel sábado, el internacional estuvo muy activo colgando varios tweets con detalles divertidos del entrenamiento, pero entre ellos se coló el vídeo de la polémica. Mientras grababa los estiramientos de sus compañeros brasileños Fernando, Luiz Adriano y Pedro Rocha, Dzhikiya comentaba lo siguiente: “Miren como las chocolatinas se derriten al sol. Ahí la tienen, la chocolatina [sobre Luiz Adriano]”. El tuit apareció con la primera frase y unos emoticonos de tabletas de chocolate en la cuenta oficial del Spartak y, aunque sólo duró unas horas antes de ser eliminado, levantó una polvareda a la que la Federación rusa de fútbol quiso dar ayer carpetazo con una multa de 20.000 rublos (288 euros) para Leonid Trakhtenberg, el jefe de prensa, y una reprimenda para el jugador.

Lo cierto es que el fútbol ruso vuelve a hacer así la vista gorda ante un problema universal (véase el asunto Iago Aspas-Lerma, sin ir más lejos) pero que es especialmente flagrante en un campeonato en el que la discriminación racial ha sido noticia en demasiadas ocasiones y que se encuentra ante el reto y la oportunidad de dar ejemplo en el Mundial que albergará a partir del mes de junio.

En 2014, FIFA ya avisó de que los niveles de racismo que se observan en algunos partidos de la Premier League rusa son “totalmente inaceptables” para un país organizador de una cita mundialista. Sin embargo no es raro que en un partido entre dos de los grandes del país como un CSKA-Zenit (algo así como un Atlético de Madrid-Valencia, por evitar comparaciones con Madrid y Barça), sectores de los ultras de ambos equipos se pongan a imitar sonidos de mono cada vez que un jugador de raza negra toca el balón. “Siempre pasa algo así viniendo de la afición rival. Si pasa en el Mundial, será un gran problema”, explicaba Hulk en 2015. Pero el delantero brasileño, que fue la gran superestrella del campeonato ruso durante cuatro temporadas, era muy benévolo obviando a su propia afición al tratar el tema. La contratación de Hulk en 2012, fue el primer fichaje que hacía el Zenit de San Petersburgo de un jugador de raza negra y fue activamente protestado por parte de la afición ya que rompía una “larga tradición” de solo contar con jugadores blancos y afectaba a una cuestión de “identidad del club”.

El propio Hulk denunciaba públicamente en 2014 a un árbitro ruso, Alexey Matyunin, por insultos racistas durante un partido en la República de Mordovia, pero la Federación archivó el caso en 2015 “por falta de pruebas”. En la misma temporada, el defensor del Dinamo de Moscú Cristopher Samba fue objeto de menosprecio racial por parte de la afición del Torpedo, pero fue él el sancionado por la Federación al responderles con un “gesto inapropiado”.

Mucho más recientes son los repugnantes cánticos que los ultras del Spartak le cantaron en la final de la Supercopa de Rusia del pasado mes de julio al portero del Lokomotiv Guilherme Marinato. “¿Para qué quiere nuestra Selección a un mono?”, le cantaban al guardameta que lleva en Moscú desde 2007, ha adquirido la nacionalidad rusa y ha sido dos veces internacional.

Puede ser que el problema, dentro y fuera de Rusia, sea que el impulso predominante de los dirigentes y, a veces también de los protagonistas, es minimizar el asunto hasta convertirlo en anécdota. Y las anécdotas, ya se sabe, son un tema ligero que no hay que tomarse a la tremenda. Fernando, objeto del comentario de Dzhikiya, aparecía el mismo día 13 de enero en el Twitter del Spartak asegurando que en la plantilla “no hay racismo” y que son “todos una familia”. De hecho, si no fuese por la denuncia de la FIFA, que instó a la Federación a tomar cartas en el asunto, es posible que el club moscovita hasta se podría haber ahorrado los 20.000 rublos. La gran mayoría de los medios de comunicación nacionales consideran en su análisis que el tema se ha sacado totalmente de quicio y que es un capítulo más de la campaña anti rusa por parte de Occidente, convirtiéndolo en otro de esos árboles que no dejan ver el bosque. Y mira que hay bosques en Rusia.

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