Para el espectador que lo conoce, el fútbol puede llegar a ser bello. En Inglaterra, donde lo inventaron, lo llaman the beautiful game. En Brasil, donde lo embellecieron, se habla de jogo bonito.

A veces las partes bellas del fútbol las llamamos arte. Un toque sutil. Un control orientado. Un regate inesperado. Movimientos imaginativos, creativos, audaces; todo lo que nos levante del asiento y nos haga pensar: ¡qué arte!

Un gol puede ser bello por la jugada, por la visión de juego, por la asistencia, por el tiro, por cómo entra el balón en la portería…o simplemente por ser un gol de tu equipo.

Un balón lo llamamos precioso cuando llega a su destinatario con precisión.

En la Liga el jogo bonito lo asociamos con el regate, ese movimiento de cadera que parte de la samba brasileña. Pero para un espectador de la Premier no hay nada más bonito que una dura entrada. La belleza es múltiple. Cada uno tiene su ojo particular.

A mí me encanta ver a los futbolistas generosos, que se sacrifican por el equipo, que no son egoístas ni chupones, que celebran los goles de sus compañeros casi como si fuesen suyos.

Hay mucha belleza en el compañerismo. Aunque el lenguaje del fútbol es el lenguaje del conflicto –luchar, derrotar, vencer, disparar– lo que nos saca de casa y nos hace querer jugar juntos es la amistad.

Empecé viendo el fútbol por la tele, como casi todos. Lo que más bello me parecía por aquel entonces eran las emociones. Nunca había visto tanta felicidad como cuando se marcaba un gol. Ni tanta miseria como cuando se marcaba un gol.

Cuando fui a un estadio por primera vez, me encantó la arquitectura. Estar sentado con tanta gente al aire libre en un coliseo, cantando las mismas canciones y sufriendo las mismas sensaciones. Había visto opera, ballet, teatro y cine, pero esto era algo especial, casi religioso. Cuando años más tarde me mudé al lado de un estadio y un centro comercial bromeaba con que ahora vivo cerca de dos iglesias.

En su artículo sobre Roger Federer como una experiencia religiosa, el escritor americano David Foster Wallace habló de la belleza cinética en el deporte. Se refería a la belleza del cuerpo en movimiento. En el caso de Federer, su belleza cinética consistía en hacer parecer cada movimiento fácil. Nadal, por otro lado, sudaba cada punto, que también tenía su atractivo para algunos.

No se trata de decir que alguien es mejor deportista por jugar de cierta manera, sino de admitir que un jugador nos agrada más que otro no porque gane o pierda sino por cómo juega. Al que ganará el torneo le aplaudirán igual, pero al que nos traiga esa pizca de belleza lo vamos a recordar más tiempo.

Zidane, en su etapa de jugador del Real Madrid, realiza un control muy plástico.

Para mí, el jugador más bello del fútbol fue Zidane. Cuando cogía el balón, lo hacía mover de una manera particular, casi como si lo acariciase en una mesa con las manos. Parecía magia. Era magia. O si no, el balón tenía un centro metálico y Zidane era el único con imanes en las botas.

Si te digo quién es el mejor igual me preguntas quién soy yo para decidir esas cosas. Pero si te digo quién es mi favorito no me lo puedes discutir, solo me puedes contar el tuyo.

Y todo esto para volver al debate eterno, esta vez desde un punto de vista estético: ¿Messi o Cristiano?

Para mi gusto, Cristiano se parece al malo de Terminator 2. Es una máquina de fútbol. Lo tiene todo y puede triunfar en cualquier equipo. Pero me deja frío, como el metal. Messi, por otro lado, me levanta del asiento. Me llena de emoción. Me sorprende. Y yo lo que quiero del fútbol es ver el jogo bonito, la belleza, el arte…the beautiful game.

En Francia dicen que el rugby (donde hay más respeto hacia las reglas, el oponente y el árbitro) es un juego de bestias que practican los caballeros. Usando los mismos términos, al fútbol lo definen como un juego de caballeros que practican las bestias. Messi es de mis bestias favoritas. Si Cristiano es la tuya, no te lo voy a discutir.

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