Están ante un hombre carbonizado. Yo he puesto la mano en el fuego por todos los ciclistas que van de Armstrong a Froome, y por unos cuantos de épocas anteriores. Hasta el último instante, y en cada caso, he querido creer y ha sido una decisión plenamente consciente: prefiero el desengaño de los días como hoy a vivir en la sospecha continua y adquirir aspecto bilioso. Habrá quien piense que soy un ingenuo y de la peor calaña (por voluntad propia), pero no hago más que proteger mis intereses. Me gusta el ciclismo. Adoro esas tardes de primavera y verano (sin despreciar tampoco el otoño en Italia y la nieve de la París-Niza), la expectación de las grandes etapas, las horas frente al televisor. Me gusta el ambiente en las cunetas, la creatividad del campesinado francés, el traqueteo del helicóptero y la fabulosa incertidumbre a la que se enfrentan doscientos corredores expuestos al cansancio extremo y a la naturaleza más inhóspita. Me gusta tanto el ciclismo que no voy a permitir que nadie me lo arruine, ni siquiera un gremio concentrado en su autodestrucción.

Juanma Trueba, de joven.
Trueba, de joven. Junto a Ignacio y Van Calster.

El positivo de Froome es la enésima decepción, pero nos pilla bien entrenados. Personalmente, ya había agotado adjetivos (y lágrimas) contando las hazañas del campeón que superó un cáncer. Así que imaginen, tengo un callo del tamaño del McKinley. Y no me importa. Que te deje un ciclista tiene cierto parecido con que te deje una novia; sacudido el polvo (bendita polisemia), se abre un nuevo mundo de posibilidades, nuevos maillots, distintas especialidades. Y nadie deja de enamorarse por miedo a ser abandonado.

De manera que reconstruiré mi ilusión, elegiré ciclistas para la nueva temporada (Landa, Landa y Landa) y me entregaré a la pasión infantil. El ciclismo sobrevive a los ciclistas y la presunción de que todos corren por el lado oscuro hay que sustituirla por otra más optimista: tal vez alguno no lo haga. En tiempos fue Moncoutié y antes Santi Blanco, también Zimmermann. Quiero pensar que Freire. Y ahora mismo pondría la mano en el fuego por Dumoulin, un tipo de barriga suelta demuestra una humanidad escasamente química.

Por cierto, yo soy el de la foto, el atractivo muchacho de la beisbolera. La Vuelta a España se corría en marzo-abril y mi padre nos llevaba, invariablemente, a la Sierra de Guadarrama, donde, con la única defensa de un termo con Cola-Cao caliente, desafiábamos a los osos polares y a otras bestias serranas (todo esto ocurrió en la anterior glaciación). Como era un chaval pensaba que subíamos hasta allí para animar a los ciclistas, preferiblemente a Enrique Aja. Ahora sé que mi padre nos llevaba para honrar al ciclismo. Y en eso andamos todavía.

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